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La sustancia erótica como componente primario de la creación literaria

La sustancia erótica como componente primario de la creación literaria




Amigos lectores y escritores, dentro del ciclo de reuniones virtuales del club literario Confidencias entre escritores y lectores, conversaremos sobre el erotismo. Para participar solo se necesita inscribirse con nombre y número de teléfono. Para detalles escribir a: joserdiazdiaz@gmail.com; fecha de la próxima reunión, martes 24 de febrero de 2026, 8 pm , hora de Miami.

El erotismo no es un adorno temático sino una categoría estética y antropológica central en la creación literaria. He aquí diez razones fundamentales:

1. Porque el erotismo es una afirmación de la vida
Desde Georges Bataille hasta Octavio Paz, el erotismo ha sido entendido como energía vital que confronta la muerte. En literatura, esa tensión entre Eros y Tánatos dinamiza el conflicto narrativo y poético.

2. Porque revela la dimensión simbólica del deseo
El deseo no es sólo biología: es lenguaje, metáfora, desplazamiento. El erotismo permite transformar el impulso en signo, y el cuerpo en territorio simbólico. En obras como Lolita, el erotismo es ante todo una construcción retórica.

3. Porque profundiza la psicología de los personajes
Desde Sigmund Freud sabemos que la pulsión sexual atraviesa la subjetividad. Ignorarla empobrece la construcción psicológica. El conflicto erótico suele revelar lo reprimido, lo contradictorio y lo vulnerable del ser humano.

4. Porque es una forma de conocimiento
El erotismo implica exploración: del cuerpo, del otro, del límite. En El amante, de Marguerite Duras, el erotismo es vía de autodescubrimiento y conciencia histórica.

5. Porque intensifica la experiencia estética
La tensión erótica produce ritmo, expectación, silencio, sugerencia. La literatura erótica eficaz no muestra: insinúa. Ese juego entre revelación y ocultamiento es un principio estético fundamental.

6. Porque articula poder y transgresión
El erotismo pone en escena relaciones de dominación, sumisión, culpa y libertad. En Historia del ojo, de Bataille, el deseo transgrede normas morales y sociales, evidenciando el vínculo entre erotismo y ruptura del orden.

7. Porque humaniza el cuerpo
Frente a tradiciones que han espiritualizado o censurado la corporalidad, el erotismo literario restituye al cuerpo su dignidad narrativa. El cuerpo no es accesorio: es lenguaje encarnado.

8. Porque conecta lo individual con lo cultural
Cada época codifica el erotismo de manera distinta. Analizarlo en la literatura permite comprender mentalidades, censuras y transformaciones sociales. La obra de Anaïs Nin, por ejemplo, refleja una revolución íntima y cultural del siglo XX.

9. Porque es motor narrativo
El deseo mueve la acción. Muchas tramas clásicas —desde Madame Bovary hasta La casa de los espíritus— se sostienen en tensiones eróticas que desencadenan decisiones irreversibles.

10. Porque el erotismo es una forma de libertad creadora
El artista que aborda el erotismo asume un riesgo: el de la exposición, la crítica y la incomodidad. Pero también ejerce una libertad expresiva que amplía los límites del lenguaje. En este sentido, el erotismo no es mero contenido temático, sino una postura estética ante la experiencia humana.

En síntesis, excluir el erotismo de la creación literaria sería amputar una dimensión esencial de la condición humana. No se trata de convertirlo en eje obligado, sino de reconocer que allí donde hay deseo, hay conflicto; donde hay cuerpo, hay significado; y donde hay transgresión, hay posibilidad estética.


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WhatsApp: 7865123437

Isabela. Un cuento de navidad. José Díaz Díaz

 

Isabela

Un cuento de navidad

© José Díaz-Díaz




Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era la voz dulce y atiplada de la secretaria del consultorio del psicólogo que me llamaba por teléfono para recordarme la cita del día siguiente. A las diez de la mañana debía acudir a la oficina. Se refería a la cuarta sesión terapéutica de hipnosis. ‘Hipnosis en tiempos de navidad”, suspiré. Qué le vamos a hacer. En qué rollos me meto yo.

Aún encamado estiré el brazo izquierdo y alcancé el reloj que reposaba sobre la mesita de noche, ensanché los ojos para sacarme el sueño de encima y me di cuenta de que eran ya las nueve y treinta minutos de la mañana. La voz de la secretaria me llega en este momento más musical y melodiosa como si poseyera un registro de soprano coloratura que se acoplara perfectamente con mi soledad esencial dándole un tono colorido y feliz. También percibo su voz un poco aniñada, o mejor, ingenua y elemental. Le calculo unos cuarenta años de edad como mínimo. Aunque ahora no estoy tan seguro. Uno a veces se engaña con la edad de la gente y, además, solo la he visto unas pocas veces. Revivo en mi memoria sus ojillos oscuros, brillantes y pequeñitos escondidos detrás de unos grandes anteojos. Ojos que no quieren mirar, o que, si miran, lo hacen hacia adentro. Ojos que huyen, me pareció. Un poco rara en verdad, más tímida que yo, tal vez.

— ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez?—. Preguntó ella sacándome de mi ensueño evocativo.

— ¡Oh, sí! Disculpe—repliqué.

—¿Cómo se siente hoy?, ¿bien? Entonces le veré mañana—remató en tono amigable— que pase un bonito día—me dijo.

—Igual para usted—. Respondí tratando de ponerle cierto calor al tono de mi voz para corresponderle a su aparente simpatía que me parecía sentir a través de su vocecita que rasgaba y hería mis oídos como sucedía cuando escuchaba por la radio los conciertos de flauta dulce de Mozart que tanto me gustaban. En aquellas ocasiones forzaba mi imaginación para visualizarme dentro de la tarima de los músicos y no perder ningún acorde.

Por instantes, en ese momento llegué a sentirla muy cercana—como si me rozara con su piel tersa— y una ráfaga de calor se coló entre las cobijas estremeciéndome involuntariamente. El hilo de su voz de timbre sensual y caluroso aguzó mi soledad que justo por la época de navidad solía envolverme de manera repetida y corrosiva.

Yo vivía por ese entonces en New York. Eran los años setenta. Llevaba ya un lustro de haber emigrado desde Bogotá, Colombia. Y aquel tiempo lo evocaba con desacostumbrada lucidez pues era el quinto invierno que sufría en La Gran Manzana y a ese desalmado friíto que calaba los huesos hasta la médula nunca me pude acostumbrar. De solo evocarlo me da temblequeo. Algunas veces solía retarlo como cuando me iba al Central Park a ver patinar en la pista de hielo, me sentaba en uno de las bancas de hierro forjado y madera caoba que hay por allí y tiritaba a más no poder. Vivía en Brooklyn, distrito de Bensonhurst en un apartamento tipo estudio donde me sentía, en verdad, cómodo.

Eran alrededor de las nueve de la mañana y guarnecido de pies a cabeza con ropa gruesa, gorro, abrigo de paño, bufanda y guantes, estaba descendiendo al subterráneo de la estación M del Metro que me conduciría en una hora a Manhattan y me arrojaría a la superficie helada en la estación de la calle 14. Muy cerca de allí, en el 221 West de la 14 St. se encontraba ubicada la librería Macondo donde yo trabajaba desde su apertura dos años atrás y la cual —ahora lo recuerdo con acritud— fue cerrada por orden de la Corte del Décimo Distrito, treinta y cinco años más tarde en el 2007, ante la imposibilidad de poder pagar la renta debido a un bajón sostenido en la venta de los libros en español. ¡Qué pereza, ya nadie lee y menos en español!

Los peatones caminaban con paso rápido abrigados hasta las orejas y sin mirar para los lados. Eran sombras que exhalaban en su respiración agitada vahos de humo blancuzco como si se estuvieran quemando por dentro. Y en verdad que el frío quema, lo confirmo ahora. Bueno, yo también caminaba reconcentrado en mis pensamientos. Los dientes me rechinaban de manera incontrolada mientras me invadían unos acordes lejanos de música de blues provenientes de alguna taberna. Esos lúgubres gemidos me enternecían sin causa aparente. Solo una cosa me inquietaba y era que la voz afrodisiaca de la secretaria no se me salía del cuerpo. « ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez? ¿Cómo se siente hoy?». Una sensación insólita y agradable me acompañaba sin saber el porqué; era como si su hilo de voz en la exigua conversación que sostuvimos me hubiera inyectado en las venas, en el cerebro, en la piel y sobre todo en el área profunda de mis sentimientos un chorro de elixir extraño que me producía un efecto sedante, envolvente, de constante expectación, de felicidad como un disparo de endorfinas en la cresta de un ejercicio extremo.  Vamos, el corazón se me agitaba del deseo de querer estar cerca de ella o mejor más bien, con ella.

Fueron veinte minutos más del viaje acostumbrado en el Metro sin necesidad de cambiar de ruta. La oficina estaba ubicada una cuadra al oriente del Central Park, que lucía blanco como una sábana pues la noche anterior había nevado mucho. Subí por la escalera al segundo piso, me sentí tranquilo, eran justo las diez de la mañana.

La secretaria, quien estaba de pie al lado del escritorio, me sonrió al verme, con una sonrisa íntima (me pareció), yo también hice lo propio. Me sonrió enigmática, o así lo percibí, lo que me desestabilizó de momento. La sala de espera estaba vacía. Me acerqué a ella y le dije: “¡Hola!”. Como si la viera por primera vez descubrí su cuerpo esbelto, su rostro blanco, reluciente, de labios macizos y facciones finas adornadas con un hermoso y bien cuidado cabello negro que le llegaba hasta los hombros, peinado en forma de hongo. Ella me respondió: “¡Hola!”, sonriendo de nuevo, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza lo cual me sorprendió aún más. Esas cuatro letras «h-o-l-a » susurradas con ese encanto irresistible me aflojaron las piernas. Al parecer yo estaba muy sensible.

—Siéntate—me dijo con amabilidad—. En un par de minutos te va a atender la terapeuta.

—Gracias—. Atiné a responder—. Te ves muy linda hoy—le dije como cumplido y agregué—. Perdón, ¿me recuerdas tu nombre?

—Isabela— dijo—, pero puedes llamarme Bela.

—Así lo haré, Be (l) la—. Respondí con mi rostro iluminado. B-e-l-l-a, repitió mi voz interior con indescriptible complacencia.

Volvió a sonreír y yo me froté las manos enfundadas en los bolsillos del abrigo contra mis piernas desfallecientes. No había duda de que estaba flirteando conmigo. Tenía la certeza de que un flechazo concertado nos estaba ligando. Un silencio se apoderó del ambiente y en efecto en cosa de segundos apareció por la puerta del consultorio la terapeuta vestida con una bata blanca indicándome de manera afable que la siguiera. Así lo hice.

Era la última sesión del tratamiento. Y, a decir verdad, me sentía curado de esa horrible sensación de pánico, de vértigo y de extrañamiento que me tenía postrado y que me había obligado a pedir auxilio profesional. Ya era hora de que me sintiera más maleable. La psicóloga logró con su técnica de hipnosis restituir en mi inconsciente la imagen y la memoria de mi niñez perdida, con lo cual recuperé mi capacidad para el asombro, para disfrutar el goce lúdico y redimirme a mí mismo en una ciudad afamada por la dureza e indiferencia de sus habitantes.

Cuando abandoné el consultorio, la recepción estaba vacía.

Pasó una semana, yo me sentía muy tranquilo, y además me estaba liberando por fin de tomar tanto medicamento. A mis años ya sabía que la juventud era un engaño, un espejismo, una ilusión tan pasajera que la vida le jugaba a uno para hacerle creer que era fuerte por siempre. Y esa fortaleza estaba desapareciendo a pasos agigantados. Me sentía frágil e inseguro, la ciudad parecía que se me venía encima, la soledad me doblegaba. Una vaciedad emocional me consumía. La incapacidad para mantener una real comunicación y unas relaciones estables me aislaba de la gente. Sin embargo, la terapia me puso otra vez como un toro y la oportunidad de entablar un vínculo sentimental con «Bella» en este caso (vaya qué iluso y soñador), me disparó al paraíso de mi niñez de donde nunca debí haber salido. ¡Cómo añoro el confort de la placenta de mi madre!  Por todo eso me refugié en el mundo de los libros puesto que la realidad de la vida exterior me era insoportable. Por todo eso la librería Macondo sustituía un hogar real para convertirse en mi hogar (en mi placenta) de ficción. Por eso viví allí treinta y tres años, hibernando como mamífero que baja su calor corporal al límite de la hipotermia en espera de mejores tiempos. Encuadernado—perdónenme el símil un poco traído de los cabellos— entre portadas y contraportadas, saltando de solapa en solapa. Consintiendo un ostracismo desesperante. Espiando el mundo exterior sin que me vieran, como un voyeur oculto, como una hoja de papel que se resguarda entre las sombras y el calor de sus hermanas.

Por eso, cuando me asaltó el presentimiento de compartir con Bella el retazo de mi existencia por vivir, el corazón me saltó de manera inusual y entonces fue cuando tomé la decisión de llamarla y lo hice de inmediato. Fue cuestión de abrirle mi corazón (poco a poco) con la ilusa pretensión de que Bella hiciera lo mismo. Ella empezó a a conversar conmigo. Con su voz encantadora de flauta dulce platicaba conmigo y su alegría me llegaba a través del teléfono inundando mi interior de una energía como de color naranja. Mucha, pero mucha euforia me producía su acercamiento. Las conversaciones más entrañables las sosteníamos en las noches cuando ella se encontraba reposando en su casita del barrio de Jackson Heights en Queens. Había nacido en San Juan de Puerto rico y sus padres, que ya murieron, emigraron a la Gran Manzana cuando ella contaba con seis años. Después supe que Bella nunca se había casado. Un noviazgo traumático la paralizó para siempre y no pudo emprender en adelante compromiso amoroso alguno.

Pero a pesar de todo, las cosas se dieron. Yo no sé si las energías del universo conspiraron a nuestro favor o qué carajo pasó, pero lo cierto es que las cosas se dieron. ¡A nuestra manera, pero se dieron! Nuestra especial relación ha durado por todo el resto de nuestras vidas. Ahora ella tiene setenta y dos años y yo sesenta y ocho. Somos viejos. No convivimos bajo el mismo techo, pero nos vemos de vez en cuando y la felicidad que nos embarga es plena. Desde entonces nunca hemos dejado de vernos para navidad por un lapso ininterrumpido de treinta años. Ella continuó trabajando por mucho tiempo hasta cuando cerraron el consultorio, siempre acompañando a la psicóloga. También supe que asistía a una sesión mensual de terapia de hipnosis porque padecía de similares trastornos a los míos en especial de pánico y misantropía y era el recurso que la mantenía a flote para poder soportar el absurdo de este mundo que nos ha tocado en suerte. Bella siempre ha sido una criatura muy frágil igual que su candorosa voz de ángel que desde entonces me sirve de bálsamo y compañía.

No piensen que no pretendí romper con el rito y la ceremonia de las visitas distantes para resguardarnos de una buena vez bajo el mismo techo. Lo intenté de verdad, pero no pudo ser. Ella siempre me recordaba que no quería perder mi amistad y que por lo tanto hasta cuando no se sintiera bien segura no iba a dar un paso adelante. Y para mi desamparo total, nunca estuvo lo suficientemente segura.  La amistad pudo más que el amor. Y quizás por eso ha durado tanto esta relación.

Ahora, me estoy cobijando al máximo con ropa gruesa, con la bufanda y el abrigo, con el gorro y los guantes porque me dispongo a tomar el Metro y a pasar la noche de Navidad en casa del «amor de mi vida». Me arropo bien porque con la edad, el ríspido frío y, sobre todo, las ráfagas de viento helado se convierten en una especie de hojillas metálicas que penetran la piel socavando la poca tibieza que aún pervive en este cuerpo casi congelado. Ya tengo los labios cuarteados de tanta nevisca y el alma arrugada de tanta expectación. En mi memoria el tiempo no pasa y percibiré a Bella, — a B-e-l-l-a—, en sus plenos cuarenta años, como aquella primera vez que la vi mirándome tímidamente con sus ojillos risueños. Me abrirá la puerta de su casa saludándome con ese ¡Hola!, sonriéndome, cerrando los ojos por un instante y bajando la cabeza como adolescente azorada y perpleja.

Como dos niños deslumbrados reviviendo cada uno su infancia dichosa, platicaremos hasta el amanecer al calor de las llamas abrasantes de la chimenea que se ceban con la madera rojiza y sibilante. Y la dulzura de sus palabras me engolosinará el espíritu hasta que el sueño nos doblegue.

 

CICLO LITERARIO. Reuniones virtuales. Confidencias entre escritores y lectores.

 Vamos a conversar sobre nuestros temas. Estás invitado, tu palabra cuenta.

Para participar, solo debes escribir tu nombre y número de teléfono al email joserdiazdiaz@gmail.com

Los detalles y seguimiento los puedes leer en el grupo de WhatsApp: club literario Confidencias entre escritores y lectores.


No se necesita inscripción y es totalmente gratis. ¡Nos vemos!

Algunas frases del nuevo libro de José Díaz Díaz

 

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Su nuevo ensayo, CONFIDENCIAS ENTRE ESCRITORES Y LECTORES,  es una herramienta imprescindible para asumir el oficio de escribir con seriedad y profesionalismo. Se encuentra en Amazon.

 

 








1.     "Cuando se afirma que el escribir es un oficio y el escritor un artesano de las palabras, estamos admitiendo que es susceptible de aprendizaje y mejoramiento."

2.     "La Epifanía, o la caída del velo ante el arrobamiento, es una revelación súbita, una manifestación inesperada que transforma la comprensión del personaje o del lector."

3.     "El principio del iceberg o dato escondido de Hemingway es una técnica narrativa que sugiere que la parte visible de la historia… es solo una pequeña porción de la totalidad."

4.     "Una obra literaria debe tener debajo de la superficie del texto… una riqueza de elementos, símbolos, alegorías y connotaciones que el lector percibe de manera inconsciente."

5.     "El Monólogo Interior… consiste en reproducir en primera persona los pensamientos, sentimientos y percepciones de un personaje de manera directa y sin la intervención del narrador."

6.     "Si lo haces [usar múltiples tramas con cliffhangers], es muy seguro que mantendrás atrapado al lector desde el comienzo de la historia hasta su culminación."

7.     "En la narrativa como en la música, los silencios también cuentan y dicen."

8.     "La musicalidad es el alma rítmica de la prosa, su estructura interna, su tempo, su sístole y su diástole, su fluir y su desazón, su armonía y su contrapunto."

9.     "El erotismo como bálsamo que cristaliza y engrandece el mensaje es uno de los elementos temáticos y psicológicos que más atrapan al lector."

10.El palimpsesto es un tipo de escritura donde las huellas de los textos anteriores son aún visibles… una forma de diálogo entre textos."

11."La literatura, en su esencia, no es un monólogo sino un tejido de voces."

12.“El acto de leer no es una recepción pasiva, sino una participación creadora en la que el lector se convierte en coautor silencioso de la obra.”

13."La literatura tiene una función vital en la construcción de vínculos sociales y en la formación de una conciencia compartida."

14."Los caminos de la creación literaria son misteriosos, así como lo son los senderos cuyas rutas desembocan en toda creación artística."

15."La escritura literaria debe convertirse en una defensa contra el fanatismo y la manipulación."

16."En esta época oscura, el arte éticamente válido es aquel que efectúa una reanimación sobre aquellos elementos mágicos y humanos agonizantes..."

17."El lenguaje, como decía la poeta argentina Alejandra Pizarnik, es un refugio, pero también una cárcel."

18."La literatura no dice, sino que muestra. Do not tell me, show me.".

19."La metáfora es como “la joya de la corona” cuando hablamos de figuras retóricas".

20. “Deberías escribir como si ya estuvieras muerto. Sin vergüenza, sin escrúpulos, sin pudor, sin muros ni vallas de contención. Aquí la escritura se convierte en instrumento idóneo para exorcizar tus demonios interiores y para mostrar tus zonas oscuras. Aquí hay liberación y catarsis.”




Nuevo ensayo de José Díaz Díaz: CONFIDENCIAS ENTRE ESCRITORES Y LECTORES

 El ensayo que devuelve al lector el poder de decidir y al escritor la confianza de crear. Un diálogo que inspira, conecta y transforma tu vida.







¿Alguna vez te has preguntado qué ocurre en ese misterioso puente entre quien escribe y quien lee? Confidencias entre escritores y lectores rompe el silencio y revela lo que suele quedar oculto en la intimidad de la creación y el acto de leer.

José Díaz-Díaz nos entrega un ensayo distinto a todos: cercano, revelador e inspirador. Cada página te hace sentir que la literatura no es un lujo lejano, sino una herramienta viva, capaz de transformar tu manera de pensar, sentir y actuar en el día a día.

Este ensayo ilumina el camino del escritor que busca confianza y perseverancia en su oficio y guía al lector en la selección de lecturas más elaboradas y gratificantes.

El lector entra en la obra como un huésped que, sin saberlo, ha sido esperado. Cada página que hojea no solo revela una historia, sino que también lo desnuda, lo transforma. Entre líneas, el escritor le ha dejado señales secretas, trampas sutiles y espejos deformantes, como si la lectura fuera un juego de inteligencia mutua, una danza de sombras entre dos soledades que se buscan sin haberse visto jamás.


Nuevo libro editado por La caverna, escuela de escritura creativa

 Se trata de la impactante y conmovedora historia de una madre y su hijo con síndrome de Down. La emergente autora Luz Mery Montes nos obsequia de nuevo otra de sus entrañables vivencias. Sus dos obras: 16 AÑOS PARA RENACER y NUESTRO HIJO, UN ÁNGEL CON SÍNDROME DE DOWN  están traducidas al idioma inglés y se pueden adquirir en Amazon.

El equipo de La caverna, escuela de escritura creativa, se siente honrado de haberla acompañado en todo el recorrido que culminó con la publicación de las dos obras tanto en idioma español como en inglés. Felicitaciones a Luz Mery Montes.

A continuación, trancribo un mensaje de la autora:

"Tengo el corazón lleno de gratitud y emoción.
Durante este tiempo escribí una historia muy especial: Nuestro hijo, un ángel con síndrome de Down. Una novela que nació desde el amor, la esperanza y la fuerza que nos transforma.
Este fin de semana, la versión en inglés verá la luz: Our Son, an Angel with Down Syndrome.
Gracias a quienes me acompañaron en este proceso: el editor, José Díaz Díaz; la coeditora, Eugenia Mora Ash; y Magiarí Díaz Díaz, la traductora al idioma inglés.
Esta historia es para todos los que creen en la belleza de lo diferente, en el poder del amor incondicional.
La vida nos sorprende con regalos inesperados que, aunque al principio parecen desafiantes, se convierten en fuentes infinitas de amor y crecimiento. Nuestro hijo, un ángel con síndrome de Down es la conmovedora historia de nuestra travesía con Jaime Andrés, quien llegó a nuestras vidas para expandir nuestra consciencia y enseñarnos a ver el mundo con nuevos ojos.
A través de alegrías, retos y lecciones profundas, este libro es un testimonio de amor incondicional y una llamada a abrazar la diversidad, proteger a los más vulnerables y construir un mundo más inclusivo.
Que esta historia te inspire a crecer, conectar y celebrar la belleza de nuestras diferencias".
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