El discreto encanto de leer
© José Díaz-Díaz
Publicado en Suburbano.net
ENSAYOS
-PERFILES- CRÓNICA-ENTREVISTAS /
Por José Diaz / 12 abril, 2015 / 2015
vol 4, El
discreto encanto de leer, José
Díaz-Díaz
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Comienzo por decir que el hallazgo de un buen texto literario es el augurio de una experiencia de un goce estético inolvidable. Y es que leer puede llegar a ser un acto de complacencia íntima y única en donde la comunicación penetra los sentidos, la emoción y la razón y— como en un ritual—devela secretos nunca antes oídos, para cambiar de alguna manera y esencialmente, el sentido de la vida del afortunado lector.
Pero, ¿cuál es el secreto, si lo hay, de este tipo de comunicación tan
especial?
Leí un texto de David Foster Wallace, el joven escritor neoyorkino autor
de la novela La broma infinita (y quien muriera por suicidio), sobre la
comunicación entre escritor-lector que me dejó gratamente impresionado. Afirma
que una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la
soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una
situación de incomunicabilidad de emociones.
Puntualiza de la siguiente manera: La comunicación entre el creador y
el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca
una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Es un
término sumamente idiomático e idiosincrático, en realidad, la expresión de un
sonido. Lo encontré una vez leyendo a Auden o Yeats, no recuerdo exactamente.
Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una
revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de
la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic,
el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El
efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación
entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la
belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento
de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que
llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el
lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector,
en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que
necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero
no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido
transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el
mundo cobra plenitud, solidez, rectitud.
La ficción es una de las pocas experiencias en donde la soledad puede
ser tanto confrontada como aliviada. Las drogas, las películas son cosas que
explotan, las fiestas ruidosas —todas ellas ahuyentan a la soledad haciendo que
olvide que mi nombre es Dave y que vivo en una caja de huesos de uno por uno en
la que ninguna otra fiesta puede penetrar. La ficción, la poesía, la música, el
sexo realmente serio y profundo, y, de varias formas, la religión —estos son
los lugares (para mí) en donde la soledad es aprobada, contemplada,
transfigurada, tratada.
De otra parte, Ernesto Sábato, nos dice de modo fácil de entender, cómo
detrás de un buen texto literario está—sin lugar a dudas— la conciencia
generosa del escritor que quiere comunicar una experiencia vital y que en ese
intento se juega todas sus cartas.
(…)
podría decir que (al escribir) sucede lo mismo que cuando uno se enamora. De
pronto uno necesita escribir. Uno se enamora y no sabe por qué. (…) Esto nos
lleva al problema de las ideas en relación con las ficciones, problema que me
ha preocupado durante toda mi vida literaria. Aludí ante a lo que puede
llamarse el «pensamiento mágico» del escritor. Hay dos momentos en su trabajo:
en el primero -no me refiero a lo temporal sino a lo esencial- se sume en las
profundidades del ser, se entrega a las potencias de la magia y del sueño
recorriendo para atrás los territorios que lo retrotraen a la infancia y a las
inmemoriales de la especie, allí donde reinan los instintos básicos de la vida
y de la muerte, donde el sexo, el incesto y el parricidio mueven sus fantasmas;
es donde el artista encuentra los grandes temas de su creación. Luego, a
diferencia del sueño, en que angustiosamente se ve obligado a permanecer en
esas regiones antiguas y monstruosas, el artista retorna al mundo de la luz,
momento en que los materiales son elaborados, con todas las facultades del
creador, no ya hombre arcaico, sino hombre de hoy, lector de libros.
En todo caso, ahí están los libros, las librerías, las bibliotecas
esperando al esquivo lector. Esta también el escritor esperando que no lo dejen
hablando solo. ¿Será que el discreto encanto de leer es un manjar ajeno a las
mayorías?
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